miércoles, 19 de enero de 2011

DCNG Y COMPRENSIÓN LECTORA

Nunca le dijimos que no podía
Mi hijo Joel nación con los pies torcidos hacia arriba y las plantar apoyadas en el vientre.  Siendo madre primeriza, eso me alarmó y me pareció extraño, pero no sabía que significaba en realidad.  Pero Joel había nacido con pie zapo. Los médicos me aseguraron que, debidamente tratado,  podría caminar en forma normal, aunque era probable que tuviera dificultades para correr. Joel pasó los tres primeros años de su vida entre operaciones, yesos, aparatos ortopédicos. Sus piernas fueron masajeadas y ejercitadas. En realidad quien lo hubiera visto caminar a los siete años, no habría adivinado que tenía problema.
Si caminaba mucho (en el parque de diversiones o en el zoológico, por ejemplo), se quejaba de cansancio y dolor en las piernas. Entonces nos deteníamos a descansar y conversábamos de lo que habíamos visto, nunca le dijimos por qué le dolían las piernas ni por qué  eran débiles. No le explicamos que eso era de esperar a causa de su deformación congénita. Y como no se lo dijimos, él lo ignoraba.
Los chicos del barrio jugaban corriendo, como casi todos los niños. Al verlos, Joel se levantaba de un salto y corría a jugar también. Nunca le dijimos que probablemente no podía correr tan bien como los otros. No le explicamos que era distinto. Y como no se lo dijimos él lo ignoraba.
En séptimo grado, decidió que ingresaría en el equipo de campo y pista. Se entrenaba todos los días con el grupo. Parecía esforzarse más que ninguno de los otros. Quizás percibía que ciertas facultades, naturales en tanta gente, no le eran para él. No le dijimos que, si bien podía correr,   probablemente sería siempre el último. Que no debía hacerse ilusiones de integrar el equipo. Ese equipo está formado por los siete mejores corredores de la escuela.  Aunque corre todo el grupo, sólo esos siete pueden anotar puntos para la escuela. Y como no le explicamos que probablemente jamás integraría el equipo, él lo ignoraba.
 Siguió corriendo entre siete y ocho kilómetros diarios todos los días. Jamás olvidaré aquella vez en que tuvo una fiebre de treinta y ocho grados. No quiso quedarse en casa porque tenía prácticas de deporte. Yo pasé el día preocupada por él. Esperaba que en cualquier momento me llamarían de la escuela para pedirme que fuera a buscarlo. No hubo tal comunicación.
Al terminar el horario de clase fui a la zona de entrenamiento, pensando que, si me veía allí, tal vez decidiría omitir la práctica de la tarde. Lo encontré corriendo por la calle, completamente sólo. Lo acompañe para preguntarle cómo se sentía.
Bien, -me dijo.
Sólo le faltaban tres kilómetros más. El sudor le corría por la cara y tenía los ojos vidriosos por la fiebre. Sin embargo, mantenía la vista fija hacia delante y seguía corriendo. Nunca le dijimos que no podía correr seis kilómetros con una fiebre de treinta y ocho grados. Y como no se lo explicamos, él lo ignoraba.
Dos semanas después, en vísperas de la carrera de la temporada., se anunciaron los nombres de quienes  integrarían el equipo. Joel figuraba el sexto en la lista. Había logrado entrar en el equipo.  Estaba en séptimo grado, mientras que los otros seis miembros eran de octavo. Nunca le dijimos que probablemente no llegara a integrar el equipo. Nunca le explicamos que no podía. Y como no se lo dijimos, él lo ignoraba.
Simplemente, pudo.         Katia Lara.

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